Radiografía de un bloque del Eixample: donde un primero puede ser un tercero

Hoy no nos vamos a parar en una calle, en una escultura o cualquier otro rincón de la ciudad: nos vamos a parar en algo tan sencillo como un porterillo del Eixample, como ejemplo que detrás de lo más cotidiano, esta ciudad nos depara mil historias.

Aquí nos hemos acostumbrado a esta normalidad como quien come calçots en febrero o se encuentra con un casteller en una festa major, pero no: que un edificio de 5 plantas cuente con un desfile de denominaciones que van de entresuelo, principal, primero, ático a sobreático no es nada normal…

Esta curiosa distribución supone que lo que para un barceloní del Eixample es un primero, en el resto del planeta es un tercero, o que en un requiebro de quién puede más, el ático no sea lo mejor del bloque porque existe el sobreático. Y es que efectivamente esta curiosa distribución tiene mucho de poder: el nombre de la planta lo decide el noble que la habita, y como los gustos de la burguesía cambian, también cuál es el mejor piso según la época en la que se construya el edificio.

Distribución por plantas del Eixample: la perversión de una utopía

Comencemos con el génesis de la distribución propia del Eixample, que como resulta obvio, surge a la par que este plan urbanístico de fama mundial. Así, cuando el proyecto de Ildefons Cerdá se alzó como ganador en 1863 (Gobierno Central mediante, el verdadero proyecto ganador por parte del Ayuntamiento fue el de Rovira i Trías, que podemos ver reflejado bajo los pies de su estatua en la plaza de Gràcia a la que da nombre) no se contemplaba ni un entresuelo, ni un sobreático ni ningún añadido “ilógico”. Todo estaba estudiado por el prestigioso urbanista.

Cerdá no solo contemplaba para el proyecto una distribución de islas achaflanadas en cuadrícula. La merecida fama de su plan de ensanche le viene dada por el exhaustivo control y detalle de cómo se debía construir para crear una ciudad higiénica (surge como respuesta a la Barcelona ahogada por las epidemias que proliferaban dentro de las murallas recién demolidas, al no existir espacio ni ventilación), cómoda (los burgueses ponían de moda los paseos a pie y los traslados a caballo, por lo que se necesitaban aceras y calzadas anchas) e igualitaria (su plan pasaba porque todo habitante contara con sus jardines e igualdad de condiciones… cosa que se pervirtió al primer minuto).

Si nos fijamos detenidamente en la fachada de un edificio “clásico” del Eixample barcelonés, veremos como su fisionomía cambia según la planta: las partes bajas y altas difieren del cuerpo central, y en ocasiones detectamos añadidos que no corresponden al edificio original…

Así, cuestiones como la distancia entre islas y la altura de las plantas estaban milimétricamente medidas para que todas recibieran similar horas de sol al día y para que los edificios no se causaran sombra los unos a los otros. Para que esto fuera posible, las construcciones no podían superar una altura de 16 metros, lo que normalmente daba lugar a edificios de tres a cuatro plantas (los edificios del Eixample destacan por tener unos techos muy altos, entre los 3 y 4 metros por piso).

Siguiendo la concepción de Cerdá, nos quedaba un barrio de baja densidad, repleto de jardines y con un perfil que apenas superaba la altura de los edificios de la Barceloneta. ¿Por qué a día de hoy estamos ante uno de los barrios más densamente poblados de España (35.586 hab/km²), sin apenas jardines y, aunque peculiar y hermoso a momentos, sombrío en general? Porque la especulación inmobiliaria ya existía por aquel entonces y… ¿para qué tanto jardín si se puede ocupar ese espacio con terreno a la venta?

Hecha la ley, hecha la trampa

En honor a la verdad no es que llegara un Nuñez i Navarro del s. XIX y se pasara los 16 metros por el forro construyendo rascacielos como si nada. Desde la administración se vigilaba que, al menos los primeros años (como el que estrena coche y es meticuloso para no rayarlo), se respetaran a rajatabla los preceptos de Cerdá, solo que a la primera de cambio, llegaba un promotor e interpretaba estos preceptos como mejor le convenía.

Era el caso por ejemplo de la altura máxima. A muchos de estos constructores eso de los 16 metros le picaban, por lo que no tardaron en rebatirlo mediante la siguiente lógica: si las calles debían tener 20 metros de anchura, los edificios podían tener esa misma altura sin que la sombra proyectada les afectara. De esta forma, con cuatro metros más para construir ganaban hasta dos plantas (reduciendo la generosa altura del resto de plantas) sin que el concepto de Cerdà se viera afectado.

Y como la ambición de un promotor inmobiliario no tiene límites, el trampeo no quedó solo en eso… de la altura de la fachada pasaron a teorizar en que, si en el último piso hacían retirar la fachada unos metros, la sombra de ésta no proyectaría en el exterior, sino sobre los techos del piso anterior que se podían usar como patio, sin que nadie se viera afectado por ello, surgiendo con esta solución el ático típico del Eixample (reduciendo los metros habitables pero con unas envidiables terrazas), que por supuesto no fue el final del arte especulativo de los promotores del s. XIX y principios del XX, ya puestos, si añadían una última planta a modo de pirámide escalonada, podían conseguir el mismo efecto que con el ático: surgió el sobreático.

En marrón claro vemos la concepción original del proyecto de Cerdà. En verde el modificado posterior que sumaba 4 metros a la edificiación, y en azúl cómo debe ser el retroceso de la fachada en ático y sobreático para mantener el precepto de la penetración del sol. Fuente: Josemanuel de Wikipedia en español. – Transferido desde es.wikipedia a Commons., CC BY-SA 3.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=1642732

Esto explicaría las primeras deformaciones de los edificios que planteó Cerdà pero, ¿por qué los nombres de entresuelo, principal, ático, sobreático, etc., en vez de los clásicos primero, segundo, tercero, etc.? La explicación de por qué surge esta denominación supera todo tipo de sinvergonzonería especuladora a la par que crea cierta admiración de la picaresca del gremio. No es otra que, viendo el propio Ayuntamiento el despiporre con el que los constructores del Eixample iban interpretando los “preceptos Cerdà” (si el bueno de Ildefons levantara la cabeza…) decidieron legislar “con firmeza” prohibiendo toda construcción que contara con más de cuatro plantas.

¿Frenó las ansias constructoras de los promotores este mandato? Ni mucho menos: si la ley indicaba que los edificios solo podían tener cuatro plantas, la solución pasaba por no llamar “planta” a todo lo digno de llamarse planta. Con esta trampa podían perfectamente construir edificios de hasta el doble de plantas con toda facilidad y adaptándose a la ambigüedad de la ley. El cómo ya os lo imaginaréis… es así como se oficializó el uso de los términos que han inspirado este artículo: a la primera planta se la llamaba entresuelo (ya veremos a continuación en base a qué), la segunda la principal (también justificada a continuación), la tercera planta ya sí que sería con todas las de la ley la primera planta (lógico, ¿verdad?), la cuarta la segunda, la quinta la tercera y, por último la sexta la cuarta que permiten las máximas autoridades.

Las denominaciones “extraoficiales” venían muy bien también a la hora de vender el piso: un primero (aunque no lo fuera) era más fácil de vender y a mayor precio que un tercero en una época en la que no existían los ascensores

¿Y qué pasaba con esas construcciones de fachada retrasada? Pues como son “otra cosa” se la llaman ático y sobreático y aquí seguimos oficialmente con las cuatro plantas. Al fin y al cabo existían remates modernistas que alcanzaban la misma altura…

Entresuelo y principal: sutil diferencia en metros, abismal en poder adquisitivo

Para que con menos vergüenza que un tesorero del PP un constructor de la época pudiera llevar a cabo esta trampa del 4º piso, debía darse a las plantas con nombre propio particularidades propias que excusaran su exención numérica. Para la denominación de “principal”, la excusa la encontraron en el hecho romántico de que normalmente los dueños del edificio o los burgueses que habían fomentado su construcción, habitaban esta primera planta, también llamada planta noble.

Hoy, donde la alturas es un factor de poder adquisitivo, puede sonar hasta vulgar que un noble habite la primera planta, pero veníamos de una época en la que no existían los ascensores (el primero se instaló en el monumento a Colón, en 1889 y no fue hasta 1906 cuando se introdujo en un edificio, en este caso el del Ateneo), por lo que era símbolo de estatus no tener que hacer un uso excesivo de las escaleras. Por otra parte, desde la planta principal se podía seguir la vida cotidiana de la ciudad a una distancia adecuada para ver y no ser vistos si se desea. Esto último propició que muchos edificios cuenten en esta planta con “la tribuna”: un balcón cerrado que sobresale elegantemente de la fachada.

La planta principal o planta noble es fácilmente distinguible por, independientemente de su altura, contar con una tribuna y mayor ornamentación

Esto último se debía a que la altura no era la misma de la planta baja (destinada al comercio y los talleres) a la principal, que del resto de plantas entre sí. La planta principal estaba a una altura que doblaba la habitual. Así, si lo normal es que cada planta tuviera una altura de 3,5 – 4 metros, la planta principal se situaba entre los 7 – 8 metros de altura.

Esta particularidad permitió que, los primeros “tajos” especulativos a la distribución original del Eixample por plantas se produjera en el espacio de más que existía entre la planta baja y la principal. Es así como surgió el entresuelo, que se llevaba por tierra todo discurso anticlasicista del plan Cerdà.

Aprovechando el amplio espacio entre la planta baja y la planta principal, -inexitente en el resto de pisos-, fue habitual mover el suelo de la principal y crear uno nuevo sobre los bajos para dar forma a una nueva planta: el entresuelo o entreplanta

Obviamente, los nobles de la principal no iban a ceder “porque sí” espacio de su por entonces privilegiada situación dentro del bloque, por lo que se llevaban a cabo cuando querían ofrecer un espacio al servicio cerca de la vivienda, para estar siempre disponibles para atenderlos o simplemente para la conserjería y portería. Este terreno cedido no era igualitario: si mediaban 8 metros entre entresuelo y principal, el reparto era de 5 espectaculares metros para el principal y unos vulgares 3 metros para el servicio, que además contaba con la fachada retrasada hacia el interior del edificio para no contar con mejores vistas que sus nobles.

Los entresuelos se distinguen por tener la fachada más retrasada que el resto del edificio y, en ocasiones, con menor altura que el resto de plantas.

Por otra parte, se hizo habitual la creación del entresuelo una vez los burgueses decidieron que se vivía mejor en las alturas y abandonaron su privilegiada planta principal para ocupar los áticos, cosa que sucedió en la década de los 20 y gracias a un político barcelonés que los puso de moda…

Francesc Cambó: el político que gobernó desde las alturas

Que ahora todos los clase media soñemos con la Lotería y que podamos comprarnos un ático, lo debemos en parte a un diputado que supo montárselo muy pero que muy bien: se trataba de Francesc Cambó, afamado cofundador y líder del Partido Regionalista muy bien relacionado con el comercio y la burguesía de principios del s. XX.

Más allá de sus logros políticos (fue un férreo defensor de la cultura catalana como propia, y gracias a sus convicciones regionalistas y sus tablas, consiguió lidiar con partidos de distinta ideología y contar con el favor del pueblo tanto catalanista, como españolista moderado. Suyo es el discurso popular de “Monarquia? República? Catalunya!” que realizó en favor de un Estatut propio desde los ahora Multicines Bosque), como empresario no era tan “populista”, siendo uno de los promotores de la demolición de la parte de Ciutat Vella – Born que daría lugar a partir de 1908 a la Vía Laietana.

Esta acción urbanística acabaría salvajemente con un centenar de casas y palacios en una operación con claros tintes especulativos (reducir la densidad de un barrio extremadamente poblado y ofrecer un espacio nuevo de crecimiento con la comodidad de unir el mar con el centro de la ciudad), en los que se abrían paso edificios de gran alzada pero anodinos estéticamente. Uno de ellos, concretamente el que ocupa el número 30, sirvió de residencia para nuestro protagonista y estableció tres hitos para la época en el que se construyó, 1923.

Hasta que Cambó cambió la tendencia, los áticos eran las viviendas más infravaloradas. Pensadas como almacén, al ser remates decorativos o espacios que daban acceso a la azotea, solo la necesidad creciente de vivienda las hicieron habitables, aunque estando en altura sin ascensor, húmedas y más expuestas a las inclemencias.

Cambó, un hombre de los que se definen como “avanzado para su tiempo”, quiso aprovechar los terrenos liberados para construir con 8 plantas en que era en aquellos años el edificio más alto de la ciudad (primer hito). Tras acabarlo, al contrario de cómo era tradición, decidió establecerse en el ático y sobreático, movido por las notables vistas de la ciudad y del mar que ofrecía tan extraordinaria altura (y sobre todo porque dotó a la construcción de ascensor). Fue el primer dueño de una edificación que no ocupaba la planta principal, a la cual ni había añadido tribuna: los acabados estilísticos los concentró en las últimas plantas en las que decidió establecerse, poniendo de moda entre los burgueses esta atípica particularidad que desde entonces sería la tónica general (segundo hito).

Tal como hemos tenido la oportunidad de comentar, dentro de un edificio la zona habitada por los nobles no seguía el mismo patrón: el ático y sobreático de Cambó no era menos… Para su decoración contó con Rubió i Tudurí, nada más y nada menos que el urbanista diseñador de jardines al que le debemos desde el embellecimiento de Montjuïc, hasta otros enclaves de la ciudad como la plaza Francesc Macià, Turo Park o los jardines de Pedralbes. Tudurí trató el espacio como si fuera público, dotándolo de pequeños estanques, fuentes y glorietas que obviamente se convirtieron en la envidia de cualquier acaudalado barcelonés.

El ático siguió habitado por una de las hijas del político regionalista, la mecenas Helena Cambó, hasta su fallecimiento el 22 de enero de 2021. El resto del edificio fue adquirido por su nieto Pau Guardans Cambó, que lo convirtió en un hotel en 2005.

Para el resto de la edificación, Cambó estableció sus oficinas y la que supondría el germen de su propia fundación (que no recibiría su nombre y oficialidad hasta 1999), que fiel a su ideario catalanista se encargaba de difundir y asegurar la cultura propia de la región. A él le debemos la elaboración de una colección capital en la protección y difusión del catalán: la colección Bernat Metge, en la que se tradujo a la “llengua propia” los grandes clásicos de la literatura latina y romana (tercer hito).

A vista de satélite (fuente: Google Earth) se aprecia cómo la Casa Cambó cuenta con una profusa decoración y cuidados detalles en su planta ático.

Casa Cambó: una vivienda de lujo para la anarquía

La casa Cambó supuso el cambio de hábito a la hora de habitar un edificio para la burguesía en la década de los 20, pero también lo supuso para los anarquistas en la de los 30… Esto se debe a que el 19 de julio de 1936, -un día después del alzamiento que dio inicio a la Guerra Civil-, la CNT de Durruti que contaba con su sede a pocos metros se dirigió al cercano edificio de Fomento de Trabajo (que aún hoy hace esquina entre Vía Laietana y la avenida a la que da nombre Francesc Cambó), ya que se trataba de una organización contraria a los sindicatos y como que le tenían muchas ganas… (hoy en día sería esa CEOE a la que también se le tiene “cariño” desde la masa obrera).

Y como suele suceder con esto de invadir y confiscar edificios, ya que estaban en faena decidieron ocupar también la Casa Cambó, de la que habían llegado a los oídos de los obreros las maravillas que en ella se encontraban. Dado el ambiente de crispación que ya se respiraba, Cambó y su familia ya habían huido temerosos de la reacción del pueblo (como un Pujol en Andorra, en su caso la contienda le pilló en su yate “Catalonia” navegando por el Adriático… no volvió, instalándose después en Suiza y finalmente en Argentina), quedando únicamente el portero, del que anecdóticamente se cuenta que abrió amablemente a los exaltados invasores con la única petición de que no mancharan el ascensor.

Tan sorprendidos quedaron los cenetistas de lo que allí encontraron que no dudaron en usar las instalaciones como apoyo al partido (la sede de la CNT-FAI la situarían en el edificio de Fomento). La propia Federica Montseny se hizo cargo del edificio hasta el final de la contienda.

…Y llegó Porcioles y se acabó el plan Cerdà: los sombreros del Eixample

Volviendo a la estructura de los bloques del Eixample, con sus más (se respetó la incidencia del sol en todas las casas y la distancia entre las calles) y sus menos (no se ajardinaron las islas y se construyó todo el perímetro) se consiguió salvar la concepción del proyecto Cerdà, hasta 1957… momento en el que José María Porcioles accedió al cargo de alcalde de Barcelona.

“A l’Eixample li surten barrets” (Al Eixample le salen sombreros) fue una expresión que se popularizó al ver como a bloques modernistas, se le añadían plantas en altura de materiales baratos y nada estéticos.

No contento con destrozar el patrimonio de Barcelona (dio permiso a la promotora Núñez i Navarro para derribar la Casa Trinxet: nada más y nada menos que un Puig i Cadafalch que fue sustituido por un bloque de viviendas sin más), se propuso afear su perfil con un plan urbanístico más perverso aún que sus demoliciones: llegaron los sombreros o barrets de Porcioles.

Edificio de Núñez i Navarro que sustituyó a la Casa Trinxet. Más allá del atentado estilístico y cultural de derrumbar una joya modernista por “esto”, se aprecia como ya no hay diferencias notables entre plantas. Fuente: Google Maps.

Este plan consistía en permitir la remunta de cualquier edificio del Eixample, con la intención de crear nuevas plantas que aliviaran la presión urbanística que la ciudad padeció en las décadas de los 50, 60 y 70: años en los que recibió numerosa población sobre todo del sur del país. Una remunta consistía en elevar la altura de un edificio con plantas añadidas en su parte superior.

Esta práctica ya la puso en marcha la dictadura de Primo de Rivera en la década de los 20, cuando el desarrollismo industrial de Barcelona produjo un aumento de población también significativo, pero estas remuntas se hicieron de forma señalada y respetando la fisionomía de cada edificio: lo que Porcioles permitió es que cada dueño del edificio lo hiciera crecer de la forma más práctica y rápida, lo cual, como suele suceder… no coincidía ni con ideales estéticos, ni con respeto con el entorno.

En este edificio de Dr. Letamendi podemos apreciar la salvaje práctica y el destrozo paisajístico que supusieron (y suponen) las remuntadas del plan urbanístico del alcalde Porcioles: no solo se ha roto con la unidad en altura y estilo, sino que se han superpuesto dos plantas anodinas, un ático sin ningún acabado ni remate y un sobreático aún más pauperrimo. El añadido de hasta cuatro plantas ha dejado una cicatriz enorme a modo de medianera visible desde toda la plaza y el carrer Aragò.

El plan de Porcioles solo sirvió para que una burguesía venida a menos siguiera ocupando el Eixample, pero sin la más mínima elegancia y distinción con la que lo hicieron sus antepasados, creando pastiches que afeaban edificios centenarios y un perfil desigual en el que la altura igualitaria se convirtió en una utopía. ¿Sirvió su plan para aliviar la presión urbanística? Sirvió para deformar por completo un símbolo de Barcelona, mientras su plan desarrollista no le iba mejor en otros lugares de Barcelona: tan desastrosa como su intervención en el Eixample fue la urbanización de la periferia, donde barrios como la Verneda y Ciutat Meridiana se crearon a toda prisa, con materiales deficitarios, sin alcantarillado, ni asfaltado, ni servicios básicos que sus propios vecinos tras no escucharse sus quejas, tuvieron que crear.

La anécdota de por qué hoy picamos al portero a un entresuelo en vez de a un primero, es la historia de décadas de planificación urbanística y luchas entre clases sociales. Una característica de un barrio (o varios, no es exclusivo del Eixample, aunque sí su tónica general por época y planificación) que se suma a otras tantos secretos a voces que quedan por contar de una zona que, te guste más o menos, va ligada al desarrollo de la ciudad, que no sería la misma sin ella.

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